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Protegerse contra enfermedades infectocontagiosas es posible gracias a la vacunación

El uso masivo de vacunas se ha convertido en una de las intervenciones de salud pública más extendidas, ya que siempre resulta más conveniente vacunar a la población que asumir los costos económicos, personales y sociales de contagiarse una enfermedad. “Como estrategia, es mucho mejor vacunarse por un tema sanitario. Así se evita que estando expuestos a una infección que pueda parecer leve, se transforme en algo serio y con consecuencias graves”, enfatiza el Director Médico Corporativo de Megasalud.

Viruela, tifus, sarampión y tuberculosis son algunas de las enfermedades que décadas atrás asolaban a la humanidad y que hoy, gracias al desarrollo de diferentes vacunas, han sido casi o totalmente desterradas de Chile y del mundo.

Su eficacia se basa en que la inmunización que aportan constituye un importante mecanismo de defensa contra patologías infectocontagiosas en la población. De ahí la importancia de proteger el organismo con vacunas desde la infancia contra agentes infecciosos extraños. Si bien los seres humanos poseen los anticuerpos proporcionados por la madre al nacer, los recién nacidos no tienen un sistema inmunitario maduro capaz de resistir el ataque de bacterias y virus, al no contar con órganos inmunitarios bien desarrollados.

Las vacunas actúan a través del sistema inmunitario que nos protege de una serie de agresores externos. En caso de tratarse de agentes infecciosos, el sistema inmune debe montar una defensa frente a ellos, lo que toma algún tiempo. Durante ese período la infección avanza. Si el organismo logra controlar la enfermedad, queda con lo que se llama “memoria inmunológica”. “Las vacunas, al simular esa primera agresión, dejan al organismo preparado para responder al agente infeccioso. Si se produce una segunda agresión, la respuesta es inmediata, impidiendo la progresión de la infección”, explica el doctor Leandro Biagini, Director Médico Corporativo de Megasalud.

Por este motivo, el uso masivo de vacunas se ha convertido en una de las intervenciones de salud pública más extendidas, ya que previenen una serie de infecciones que son graves o que no tienen tratamiento. Además, al evitar la infección –en enfermedades de muy fácil propagación– corta la cadena de contagio e impide la expansión de la misma.

“Si bien las vacunas son un recurso caro, habitualmente son costo-efectivas, dado que la prevención de enfermedades es siempre menos costosa que su tratamiento”, señala el facultativo.

Antecedentes en Chile


El origen de la vacuna data de fines del siglo XVIII, cuando el médico inglés Edward Jenner, en 1796, aplicó la primera vacuna contra la viruela. Este facultativo observó que las ordeñadoras tenían pústulas en sus manos, pero nunca se enfermaban de viruela.

Fue entonces cuando decidió extraer líquido de tales pústulas y se las inoculó a un grupo de niños, quienes no se enfermaron.

A pesar de los avances, debió pasar cerca de un siglo para que la técnica fuera perfeccionada y se comenzara a aplicar a nivel masivo.

De hecho, en Chile, luego de una epidemia de cólera en Santiago ocurrida hacia fines del siglo XIX, el entonces Presidente José Manuel Balmaceda aplicó los primeros esfuerzos de vacunación. Pero no sería hasta principios de los años ‘50, con la creación del Servicio Nacional de Salud, en 1952, cuando se consiguieron logros como la vacunación sistemática, la erradicación de la viruela y el control de la poliomielitis, en 1972, además de la disminución de la tuberculosis, a través de la introducción de la conocida BCG neonatal.
Todos estos avances fueron acompañados por mejoras graduales en las condiciones generales de higiene, alimentación y condiciones de vida, que contribuyeron a la importante disminución de la mortalidad infantil en el país.

El doctor Biagini señala que la política de vacunación privilegia a los grupos de riesgo en las campañas públicas debido a los altos costos que implica vacunar a la población en general.

Por ejemplo, en el caso de la vacuna antiinfluenza se privilegia la vacunación de adultos mayores de 60 años, niños menores de 2 años, embarazadas y pacientes con enfermedades crónicas.

Estos pacientes corresponden a aquellos que pueden desarrollar las complicaciones más graves. Sin embargo, los otros grupos de la población se benefician con la vacuna contra la influenza, los que deben financiarla de manera particular.

Mitos y verdades


Las vacunas, dependiendo de cuales sean, pueden ser de una dosis única o de múltiples dosis. “Cuando corresponde la administración de más de una dosis, el efecto protector se logra cuando se han completado todas ellas. Además, el intervalo entre las dosis depende de la vacuna, por lo que se debe respetar tanto el número de dosis como el intervalo entre ellas”, indica el Director Médico Corporativo de Megasalud, quien agrega que algunas vacunas producen inmunidad de por vida y otras requieren un refuerzo periódico en el tiempo para mantener el nivel de protección.

Una de las creencias más extendidas corresponde a cuáles son las condiciones de salud general para que el paciente sea vacunado. Frente a esta consulta, el facultativo de Megasalud señala que “cualquier cuadro que disminuya la inmunidad hace que vacunarse en ese momento no sea conveniente porque las vacunas se basan en estimular la inmunidad.

Los estados febriles y/o gripales deben ser recuperados antes de efectuar la vacunación”. En el caso de mujeres embarazadas o que estén amamantando, la conveniencia de vacunarse debe ser evaluada por el médico tratante, ya que depende del tiempo de su embarazo y del tipo de vacuna el que puedan existir o no riesgos asociados a la vacuna.

El doctor Biagini hace hincapié en señalar que “la asociación que se dice existiría entre vacunas y autismo es totalmente falsa. Dicha relación nunca se ha demostrado”.

En general, casi todas las vacunas provocan reacciones adversas, como fiebre o dolor en el lugar de la inyección, y pueden ser combatidas con paracetamol o cualquier otro analgésico.


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